Las recompensas son muchas, los esfuerzos también. Cientos de jubilados de Ripollet, un pueblo a 15 km de Barcelona, invierten su tiempo y parte de su escasa pensión en hacer lo que más les distrae. Cultivando sus pequeños trozos de tierra consiguen un buen estado de salud físico y mental que otras actividades no les da.
Por otro lado, la incertidumbre de saber que la administración de municipios vecinos ha decidido desalojar estos espacios sociales, se olvida rápidamente con la satisfacción del crecimiento de los frutos.
Con el saber de los años, miran directamente al sol y siguen sembrando.